"El lado humano del software"

Malditos espacios compartidos que nos hace idiotas

Se ha impuesto en la práctica totalidad de las empresas compartir los espacios de trabajo. Según la filosofía actual, los espacios compartidos fomentan la colaboración, el compañerismo, la igualdad, la sinergia. Además, así se controla mejor lo que hace el personal y se limitan los tiempos de ocio por el pudor de ser vistos en actividades que no corresponden. Por si esto no fuera todo se ahorra espacio y por tanto dinero.

Lo que no se dice es que, sin embargo, se está tirando muchísima productividad al cubo de la basura y las empresas pierden más dinero del que podrían ganar con una filosofía más flexible.

Estamos en un mundo en el que las ideas extremas suelen ganar a la moderación.

La cosa es que trabajos que requieren de concentración son tratados como si fueran trabajos de telemarketing. Con todo el respeto que supone el mundo comercial y el esfuerzo de cada venta, programar requiere de una concentración y estados mentales distintos. Cuando nos enfrentamos a diseños de algoritmos conceptualmente complejos, o simplemente a tareas difíciles, es cuando vemos que los espacios diáfanos son una seria desventaja.

Pero claro, como ya hemos visto los programadores tecnológicos somos vistos como una montaña de monos pulsando teclas.

Mi experiencia personal es amplia al respecto. En los espacios diáfanos hay muchos inconvenientes, ruido de fondo, conversaciones de personas próximas, caras, gente que te observa, correros electrónicos, saludos, gente pasando, y un sin fin de entretenimientos y estupideces de lo más variado que reducen considerablemente la concentración.

A veces con un algoritmo extra complejo me he tirado dos días sin apenas avanzar y con una sensación de frustración enorme. Mientras, la gente de fondo pasando, malditos espacios compartidos. El poner música (auriculares) ayuda un poco pero no supone solución. Además, la misma música distrae, aunque menos que la gente.

En mi casa, tranquilamente, sin atender emails, sin que el subconsciente esté pendiente de lo que sucede a tu alrededor, en el más absoluto silencio, he podido sacar el grueso de aquel algoritmo complicado con una efectividad sorprendente y encima con una sensación de disfrute y regocijo enorme. Vamos en 2 horas resolví lo que no pude en 2 días en el trabajo. La diferencia es brutal.

Sinceramente creo que al quitarme de todas esas distracciones absurdas mi coeficiente intelectual aumenta considerablemente. Ya no se trata de ahorrar tiempo, se trata de que ante problemas lógicos complejos se necesita de ese plus de coeficiente intelectual que se desperdicia en espacios compartidos.

No estoy queriendo decir que todo sean despachos, pero como ya había comentado, lo absoluto no funciona.

El incremento de la productividad es espectacular si pasamos al día algunas horas de concentración en una habitación de aislamiento, con el correo electrónico desactivado. Si además se fomenta el teletrabajo la mitad de los días, el aumento de la productividad puede aumentar en torno a un 25% o más.

Estamos hablando aun en el peor de los casos de:

  • Si a la semana se hiciera 3 días de teletrabajo se ahorran de 3 a 6 horas en transporte.
  • Si 4 horas al día se hicieran de aislamiento se ganan en torno a una 1 a 1,5 horas al día.

El resultado es que un empleado que dedicase al trabajo poco más de 40 horas semanales (incluyendo desplazamientos) es de este modo más efectivo que alguien dedicando al trabajo más de 50. Con la diferencia que el de las 50 horas semanales sufrirá de estrés, agotamiento, sensación de estar “quemado”. Sus malos pensamientos sobre su sufrimiento laboral provocaran un mayor desgaste, improductividad y deterioro físico, entrándose en un proceso cíclico destructivo.

Pero bueno, es lo que quieren las empresas, controlar, por miedo, un control que excesivo que sólo hace a las empresas mediocres, pues se pierden los momentos intelectuales más brillantes de las personas.

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